Cuando cambia la marea: aprender a vivir con los cambios
Hay algo que todos sabemos, aunque muchas veces nos cueste aceptarlo: la vida cambia. Cambian las relaciones, cambia nuestro cuerpo, cambian las circunstancias, cambian nuestros proyectos, cambian nuestras necesidades y también cambiamos nosotros. Sin embargo, una cosa es saberlo y otra muy distinta es saber qué hacer cuando ese cambio llega a nuestra vida.
Muchas veces, frente a una situación que no esperábamos, nuestra primera reacción es intentar que vuelva a ser como antes. Nos cuesta aceptar que algo terminó, que una persona cambió, que nuestro cuerpo necesita otra cosa, que una determinada situación económica ya no es la misma o que aquel plan que teníamos en mente necesita ser modificado. Y en ese intento de recuperar lo conocido podemos gastar una enorme cantidad de energía.
De ahí nace la imagen que dio origen a “Cuando cambia la marea”.
Cuando alguien navega, no puede decidir cómo estará el mar. Puede encontrarse con aguas tranquilas, con viento a favor, con viento en contra o con una tormenta. Lo que sí puede hacer es observar las condiciones, conocer su posición, ajustar las velas y decidir cómo continuar. No tiene sentido enojarse con el viento porque no sopla como uno quería. Lo importante es aprender a navegar con las condiciones que existen.
Con la vida sucede algo parecido.
El desafío no consiste en conseguir que las circunstancias se acomoden permanentemente a nuestros deseos. Consiste en desarrollar una manera diferente de relacionarnos con ellas. Y eso requiere algo que parece sencillo, pero que en la práctica nos cuesta muchísimo: detenernos antes de reaccionar.
Cuando algo cambia, solemos pasar rápidamente de lo que ocurrió a lo que pensamos sobre lo que ocurrió. Interpretamos, juzgamos, imaginamos consecuencias, buscamos responsables y muchas veces respondemos desde ese estado emocional sin haber observado realmente qué está pasando.
Por eso, uno de los primeros aprendizajes que propone esta mirada es darnos cuenta. No para solucionar inmediatamente, sino para poder ver.
Ver qué está sucediendo afuera, pero también qué está sucediendo dentro de nosotros. Qué estamos pensando, qué estamos sintiendo, qué estamos haciendo y qué patrones estamos repitiendo.
Porque mientras no vemos algo con claridad, difícilmente podamos elegir qué hacer con ello.
Y cuando empezamos a mirar con mayor atención, aparece otra dimensión que muchas veces evitamos: sentir.
Nuestro cuerpo y nuestras emociones forman parte de la experiencia que estamos viviendo. Una preocupación puede sentirse como tensión, cansancio, aceleración, incomodidad o dificultad para descansar. Una conversación puede dejarnos tranquilos o alterados. Una determinada situación puede generar miedo, tristeza, enojo o incertidumbre.
No necesitamos convertir cada sensación en un problema que resolver. Muchas veces necesitamos simplemente aprender a reconocerla.
Sentir no significa reaccionar. Podemos sentir enojo sin convertirlo automáticamente en una pelea. Podemos sentir miedo sin dejar que el miedo decida por nosotros. Podemos sentir tristeza sin tener que escapar inmediatamente de ella. Percibir lo que nos sucede nos da un espacio entre lo que sentimos y la manera en que elegimos responder.
Y ese espacio es muy valioso.
Porque después de mirar y sentir aparece una pregunta todavía más profunda: ¿puedo aceptar que esto es lo que está pasando?
Aceptar es una palabra que muchas veces genera resistencia. Parece que aceptar fuera bajar los brazos, conformarse o decir que todo está bien cuando no lo está. Pero no hablamos de eso.
Aceptar una realidad no significa que nos guste ni que estemos de acuerdo con ella. Significa reconocerla como punto de partida. Si algo ya ocurrió, negar que ocurrió no lo modifica. Si una situación cambió, pelear mentalmente con el hecho de que cambió tampoco la devuelve a su estado anterior.
La aceptación permite recuperar energía que estaba ocupada en resistir lo que ya es. Y cuando dejamos de gastar tanta fuerza en discutir con la realidad, podemos empezar a preguntarnos algo mucho más útil: ¿qué puedo hacer ahora?
Ahí aparece el ajuste.
Porque aceptar no significa quedarnos quietos. Al contrario. A veces aceptar una nueva realidad es precisamente lo que nos permite tomar mejores decisiones. Si el viento cambió, habrá que ajustar las velas. Si nuestro cuerpo necesita otro ritmo, tendremos que revisar nuestros hábitos. Si una relación se transformó, quizá tengamos que aprender una nueva manera de vincularnos. Si nuestros recursos son diferentes, necesitaremos administrarlos de otra forma.
No se trata de controlar todo lo que sucede. Se trata de aprender a responder de una manera más consciente a aquello que sí podemos gestionar.
Y entonces llegamos a una palabra que para nosotros resume muy bien todo este proceso: navegar.
Navegar no es dejarse llevar. Un barco que simplemente se deja llevar por la corriente no está eligiendo su rumbo. Navegar implica estar presente, observar las condiciones, utilizar los recursos disponibles y tomar decisiones.
Por eso nos gusta tanto la frase de Gerardo Schmedling: “Al que navega con el viento, el viento lo lleva.” La idea no es luchar permanentemente contra aquello que no podemos modificar, sino aprender a utilizar las condiciones que la vida nos presenta para avanzar con mayor sabiduría.
Y quizás ahí esté una de las grandes posibilidades que tenemos frente al cambio: dejar de preguntarnos solamente “¿por qué me está pasando esto?” para empezar a preguntarnos “¿cómo quiero responder a esto que está pasando?”
No siempre podemos elegir las circunstancias. Pero podemos trabajar sobre nuestra manera de observarlas, de sentirlas, de aceptarlas y de actuar frente a ellas.
Eso no significa que los cambios dejen de doler, que las pérdidas sean fáciles o que todo tenga una explicación inmediata. Significa algo mucho más realista: podemos aprender a atravesar los cambios sin perdernos completamente en ellos.
La propuesta de “Cuando cambia la marea” nace justamente de esa convicción.
No necesitamos una vida sin cambios para vivir en paz. Necesitamos desarrollar recursos internos para relacionarnos de otra manera con los cambios que inevitablemente forman parte de la vida.
Aprender a parar antes de reaccionar. Aprender a observar sin juzgar inmediatamente. Aprender a reconocer lo que sentimos. Aprender a aceptar aquello que hoy constituye nuestra realidad. Aprender a ajustar cuando las condiciones cambian. Y, finalmente, aprender a tomar el timón y avanzar.
Porque la marea va a cambiar.
La pregunta no es si volverá a cambiar.
La pregunta es qué clase de navegantes queremos ser cuando eso suceda.





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